diumenge, 5 de febrer del 2017

El Castillo - Luis Zueco




En esta primera reseña en castellano traigo a la biblioteca el libro que estaba leyendo la noche en la que se gestó el proyecto de esta biblioteca virtual.
Quiso la casualidad que fuese una gran novela sobre un tema que me apasiona. Así pues, aparte de inaugurar las estanterías de la sección castellana de la biblioteca, tiene para mí un componente simbolico importante.

Se trata de El Castillo
Autor: Luis Zueco.

Editado en España por Ediciones B S. A.
www.edicionesb.com
1.a Edición Septiembre de 2015 
8.ªReimpresión septiembre 2016
ISBN 97884666577747
Páginas: 685
Encuadernación en tapa dura con sobrecubierta.
Cabe destacar la autoría de la elaboración de los mapas y el árbol genealógico a Antonio Plata.



Sobre el autor:
Luis Zueco es novelista, historiador, investigador y fotógrafo. En la actualidad es director del Castillo de Grisel, fortaleza medieval convertida en hotel con encanto. Además, es ingeniero industrial, licenciado en Historia y máster en Investigación Artística e Histórica, miembro de la Asociación Española de Amigos de los Castillos, vicepresidente de la Asociación Española de Amigos de los Castillos y colaborador, como experto en patrimonio y cultura, en diversos medios de comunicación. Su novela El escalón 33 recibió la Mención de Honor en el Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza 2012, el Premio al Mejor Thriller Histórico 2012 de la web Novelas Históricas y fue seleccionada en el I Certamen de Novela Histórica Ciudad de Úbeda. También ha publicado la novela histórica Tierra sin rey y la guía Castillos de Aragón: 133 rutas.

Sinopsis
El Castillo, narra la proeza de unos hombres y mujeres que vivieron, amaron y lucharon con el propósito de llevar a término la construcción de un castillo. Y no uno cualquiera: El de Loarre en la provincia de Huesca (Aragón), considerado como la fortaleza románica mejor conservada de Europa, y uno de los conjuntos palaciales, monásticos y militares medievales más significativos del continente.
La obra se divide en tres grandes bloques que corresponden al período del monarca reinante en el momento cronológico de la construcción.
Cuando empezó a edificarse el conjunto del castillo-abadía, esa zona era una peligrosa tierra de frontera.
Todo empezó cuando el rey Sancho III el Mayor, decidió levantar una fortificación en una zona poco habitada y desde la que se podía avistar al enemigo musulmán. Con la promesa de un futuro mejor atrajo a un grupo de hombres y mujeres para quienes a supervivencia era una heroicidad cotidiana.
Entre ellos, un maestro de obras lombardo; Juan el carpintero y su hijo Fortún; Ava la arquera; Javierre, un muchacho cuya ambición creció a la par que el castillo, y un sacerdote fiel al viejo rito hispánico acompañado de la inteligente y misteriosa Eneca.
Con sus medios y conocimientos lograron culminar el castillo desde el que se gestó uno de los más importantes reinos medievales, clave de la Reconquista.

Cuando descubrí mi afición por la Edad Media, el tiempo ya había intentado hacer grisear mi cabello. Su llamada fue contundente, así que con la mochila a la espalda he pasado los últimos años viajando a través de los siglos, dedicado a explorar esa época fascinante. He visitado muchos castillos, con debilidad por los mal llamados “Castillos Cátaros” del S XII y XIII. Escribo “mal llamados” pues los cátaros, debido a sus creencias, carecían posesiones terrenales. Pero esto es otra historia.
Los castillos medievales ejercen una especie de hechizo en mí. Hacen que me sienta pequeño en su interior; abrumado por el peso de la historia que cuentan sus sillares silenciosos.

Desde que aprendí a hacerlo, siempre he leído mucho y desde que me invadió el amor por la Edad Media del que os hablo, entre una lectura y otra siempre he encontrado el momento de leer alguno de esta temática. Cuando uno de esos libros cae en mis manos, hago como una ardilla con una bellota suculenta; lo cojo y me lo llevo a la buhardilla en dónde suelo leer. Allí, lejos de interrupciones, lo devoro.
El último libro de este estilo entró por la chimenea de casa en Navidades. Bueno, en realidad fueron dos los libros que lo hicieron. Ambos del mismo autor, Luis Zueco y sus títulos:
La Ciudad y El Castillo.
¡Os podéis imaginar mi entusiasmo en destapar aquellos paquetes! Por detalles como este creo a pies juntillas en Papá Noel que, aunque la mayor parte del tiempo duerme por las noches disfrazado a mi lado, sabe cómo hacerme feliz.

Aquella noche, con el segundo libro bajo el brazo y trepé con él a la buhardilla.

El lugar del que os hablo se encuentra bajo un tejado de madera. Tiene una ventana a través de la cual siempre es de noche pues cuando subo a devorar letras es cuando se acaba el día y todos duermen. Hay una cama cómoda y una mesita de madera oscura. Entonces enciendo el pequeño flexo y dejo que la luz se derrame sobre las páginas como el agua de la ducha, lo justo para que no salpique y no despertar a mi pareja que duerme al otro lado del colchón. Entonces abro las tapas... en la penumbra se enciende la magia y la aventura empieza.

Cuando abrí las de El Castillo entré de golpe en otro mundo.
Lo primero que llamó mi atención fue que después de unas pocas líneas tenía la impresión de encontrarme realmente en la Edad Media. El autor consigue describir esa época de un modo tal que sospecho que, entre novelas, estudios y fotografías, debió de estar un tiempo por allí.
En el prefacio se indica que la Edad Media no fue una época de lujosos palacios ni princesas, fue una época oscura y peligrosa donde una vida no valía nada y dónde las religiones se enzarzaban en sangrientas guerras en nombre de sus respectivos Dioses. La nobleza, la Iglesia y la plebe. Su separación estricta, real y física queda espléndidamente reflejada a lo largo de toda la obra.

Tras decidir Loarre como emplazamiento del castillo y empezar las obras, la novela da un primer giro inesperado. Gracias a él tenemos la oportunidad de ver la evolución del protagonista y somos testigos de su crecimiento junto con el del castillo.

Luis Zueco tiene una prosa ágil, usa un vocabulario muy rico, relata las técnicas constructivas de la época con detalles minuciosos dando muestras de gran conocimiento del tema y mucha cultura.

Quiero destacar un pasaje que me hizo sentir como lo haría un habitante del S XI, al escuchar la narración de un suceso épico, marcado por sus temores y creencias. Se trata de una solución fantástica en un momento en el que la historia del castillo y sus gentes pasaban por un importante apuro. Su resolución da a la obra parte de su fabulosa dimensión Medieval. Esta faceta sobrenatural es, en mi opinión, una solución al más puro estilo cronista del Medievo y me pareció deliciosa.
La obra, voluminosa, es en sí misma un castillo y, quizás salvo algún pasaje algo lento, es una historia dinámica y muy bien documentada con personajes muy definidos y bien caracterizados.
De la mano del autor aprendí sobre la historia de los jóvenes reinos cristianos del Norte, aprendí como vivían los artesanos, como se orientaban los castillos, como se organizaban los labriegos, como los lombardos guardaban sus secretos, como se construía una máquina de guerra y en este último aspecto, por ser en sí mismo una máquina de guerra; como se pudo haber construido el castillo de Loarre.

También quiero destacar la solida presencia de dos personajes. Enca y Ava.
¿Quién no ha tenido un amor imposible? ¿Quién no conoció en su camino el amor puro? Ese amor que se da sin esperar nada a cambio… Somos humanos, vivamos en la época que vivamos. Esto está tratado con maestría en el libro.

Anoche cerré, como dos grandes puertas, las tapas de El Castillo. Echaré de menos Loarre y sus gentes que me han acompañado en la tranquilidad de mi buhardilla. Cuando vuelva a entrar en uno, les recordaré pues llevo para siempre un poco de ellos en mi corazón.

Para finalizar esta primera reseña quisiera pediros un ejercicio de visualización, así la Biblioteca será un poco más de todos.
Vamos a imaginar una gran sala cuadrada. El suelo está recubierto de tupidas alfombras que le dan calidez al lugar. En la pared opuesta a la puerta de entrada, la luz entra a raudales atravesando dos grandes ventanas ojivales con vidrieras de colores. Grandes estanterías de madera envejecida llenan sus paredes, desde el suelo hasta el techo abovedado del centro del cual pende una gran lámpara de hierro. Hay más estanterias, dispuestas en paralelo. Las estanterías están aun vacías salvo en una de ellas, en la sección de libros en catalán, en dónde ya hay un libro. Me encamino hacia una esquina, en la pared de las vidrieras. Allí dejo con afecto El Castillo, de Luis Zueco, y me encamino a la puerta de salida de la biblioteca. Es una puerta de madera, grande y pesada con figuras talladas en ella.

De pronto, esta se entreabre y asoma por ella un gato blanco de edad bíblica.
¡Es Poniente! ¡El gato de El Castillo! Parece que quiere volver al libro pero antes de llegar se frota contra la pernera de mi pantalón y acomoda sobre la alfombra, hecho un ovillo.
Ya sabía que me costaría olvidar la novela. Con permiso de su autor dejaré al gato durmiendo en la biblioteca. Ahora es una biblioteca con gato.
Salgo cerrando lentamente la puerta tras de mí. En el último momento, a través de la rendija atisbo el libro en la estantería.
Es el segundo.


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