dijous, 9 de febrer del 2017

La Conjura de los Necios







La Conjura de los Necios

John Kennedy Toole

ISBN978-84-339-2042-3

Págs: 392
 
Traducción: J.M. Álvarez Flórez y Ángela Pérez



Editorial Anagrama, S.A. «compactos»

Primera edición en «Panoramas de narrativas»: 1982
Primera edición en «compactos»: 1992
Cuadragésima edición en «compactos»: Octubre 2015 



John Kennedy Toole

Nació en Nueva Orleans en 1937, una manguera previamente introducida en el tubo de escape de su coche en marcha y que conectó a la ventanilla de atrás se lo llevó en 1969. Podría haber fallado; podría haberse acabado la gasolina, podría haberse salido la manguera por un golpe de viento, podría haber habido un terremoto y desbaratado su macabro plan. Sin embargo, nada de esto sucedió. Se fue porque le tocaba irse y nos dejó sin su talento literario.
Tenía 31 años.


Todo habría acabado ahí, pero quiso entonces la Rueda de Fortuna girar por fin hacia arriba. Fue en el momento en que su ya anciana madre, Thelma Ducoing Toole, con el manuscrito de “La Conjura de los Necios” en la mano se puso sin saberlo bajo el amparo de Hermes, Dios protector de los sueños, los caminos y del comercio.
La señora Toole, inicialmente se erige como una especie de Juana de Arco que escuchaba en la novela de su hijo las voces de algún Dios susurrándole las bonanzas de la obra y emprendió una peregrinación infatigable, asediando con el tocho manuscrito editorial tras editorial. Como mujer de armas tomar estaba equipada con una voluntad férrea y una fe ciega en la calidad del trabajo literario de su hijo. El paquete, ya de por sí abundante en hojas, se fue haciendo cada vez más pesado añadiéndose a él el peso de las negativas que ella iba recibiendo tras cada asedio. A pesar de ello la señora Toole no desistió en su empeño y convencida de que lo que llevaba era muy bueno siguió su particular gira. Dijo Confucio (551a.C.-479a.C) que se puede quitar a un general su ejército, pero no a un hombre su voluntad, y de eso tenía, y de sobra, la madre de John.
Y como donde no falta voluntad siempre hay un camino, un día quiso que Walter Percy,
profesor de la universidad de Loyola, se cruzara en él y accediese a recibirla. Como el mismo Percy reconoce: la señora fue tenaz.
Se preguntaba el profesor ¿Por qué iba a leer el manuscrito de un autor desconocido, que además estaba muerto y que entregaba una madre obstinada? — con estas palabras se intuye que muchas veces los editores van a lo seguro. A la tradición literaria. ¿Para qué arriesgarse con autores noveles?

— Porqué es una obra maestra, respondió la madre.

Finalmente le concedió unos minutos. Su sueño se estaba cumpliendo. La señora Toole se presentó ante él con el tocho; una copia en papel carbón apenas legible. Es de agradecer que este profesor dedicara un tiempo a la obra. Sin la persistencia de la señora Toole ni la oportunidad que le ofreció el Sr Percy no hubiésemos conocido ni el libro ni a su protagonista.
Como explica el mismo Percy en el prologo de la novela, empezó a leer primero con la lúgubre sensación de que no era tan mala como para dejarla; luego con un prurito interés; después con emoción creciente y, por último, con incredulidad. ¡No era posible que fuese tan buena!

La publicó entonces en una pequeña editorial y pronto le llegó el premio Pulitzer.
Este premio fue controvertido. Era un homenaje póstumo a un autor desconocido. Por lo general no se homenajea a los desconocidos. Menos aún a los desconocidos muertos. Hay teorías que insinúan que quizás el inusual premio fue un intento de dar valor económico a la obra que pasó de ser un tocho de papeles apenas legible de un absoluto desconocido a una obra maestra.
El mismo premio tuvo sus consecuencias inmediatas.
Se buscaron culpables al suicidio de John, achacando su muerte a no haber podido publicar su obra.
La Conjura de los Necios se escribió durante los dos años que Toole estuvo haciendo el servicio militar en Puerto Rico. Luego estuvo en tratos con una editorial, Simon and Schuster, que quería publicarla pero le hacía cambiar algunos pasajes al autor a cada visita, durante dos años, de manera que nunca acababa de publicarse, pero ¿A caso no hubiese podido hacer John lo que hizo su madre? Buscar otras editoriales, peregrinar hasta dar con un Percy u otro que quisiera publicar la obra.
Los motivos solo los conoce John, quizás para él lo peor no era morir, lo peor era vivir y sentirse muerto por dentro.
Sin duda el tema es mucho más complejo que no poder publicar su obra.

El Pulitzer solo dio visibilidad a la tragedia que alimentó las voraces e incansables fauces de la prensa amarilla.
Pero con premios o sin ellos, La Conjura de los Necios es una obra maestra.

La publicación llevó a su madre, que seguía bajo los auspicios de Hermes —y en este caso como protector del comercio— de gira por platós de TV y entrevistas a la prensa, convertida ahora en la encargada de gestionar la fama póstuma de su hijo. Un día recordó que cuando John tenía 15 años había escrito ya una pequeña novela. “La Biblia de Neón”

(Publicado por la Editorial ANAGRAMA, 
ISBN:9788433966568 
Nº de páginas:192 págs. 
Encuadernación:Tapa blanda. 
Lengua:CASTELLANO)

Poco tardó en ir a buscarla y desempolvarla de entre los recuerdos de su hijo. La novela, arrastrada por el rebufo de la fama de La Conjura de los Necios sería de imediato publicada pero a causa de leyes estatales anticuadas y enredos judiciales por temas de herencia y derechos, la madre de John se opuso a su publicación, hecho que modificaría en su testamento poco antes de morir en agosto de 1984. A pesar de ello, los litigios prosiguieron hasta su publicación en 1987.


Hasta este punto hemos visto el desvivir de una madre abnegada para que se publicase la obra de su hijo muerto por voluntad propia y los enredos judiciales póstumos que provocó entre los herederos el bocado suculento de "La Conjura"

Pero, ¿qué hay de aquél que nunca vio su obra en las librerías?

John Kennedy Toole, el genio que hay detrás de las letras, fue maestro en un colegio de secundaria de Nueva Orleans mientras buscaba doctorarse en lengua inglesa y vivía en la casa familiar cuya precaria situación económica aliviaba con su sueldo. John fue siempre cauteloso y reservado. Solo unos pocos amigos sabían que era escritor y que había presentado un libro a una editorial. Poco más se conoce. Su vida debió de quedar eclipsada por las gestas póstumas de su madre.


Por mi parte, poco he tardado en traer a la Biblioteca de Lymus este clásico. Seguramente haya influido el hecho de haberlo leído cinco veces, una por cada vez que tuve que volver a comprarlo tras prestarlo y que no se me hubiese devuelto. Debo dar la gracias a este hecho pues la novela, como se ha reseñado en numerosas ocasiones y como el mismo Percy indica en su prólogo, mejora tras cada lectura.
Aun así, a pesar de mi entusiasmo con la obra, no me resulta nada sencillo hacer una reseña de “La Conjura de los Necios”.  Mis palabras, que solo pueden ser de admiración, ni tan siquiera se acercan a la grandeza de las que se esconden entre las páginas del libro del que os hablo.
Mi intención es entonces despertar curiosidad, que lo conozcáis y lo leáis y que ocupe un sitio de honor en las estanterías de vuestra Biblioteca.

En cuanto a la novela, se trata de un gigantesco tratado que contrapone el dramatismo de sus acontecimientos y de sus personajes decadentes al de la brillante y particular lógica de un narrador superlativo, extravagante y elocuente; ante los cuales el lector no puede más que reírse. Reírse a carcajadas.
La Conjura de los Necios es una historia histriónica, delirante y muy inteligente, una crítica a la sociedad filtrada por la mirada azul y amarilla su protagonista, Ignatius J Relly, un personaje que ha sido calificado como una mezcla de Oliver Hardy delirante, Don Quijote adiposo y Santo Tomás de Aquino perverso reunidos en una persona.
Es la visión de Ignatius la que hace que el libro suceda. Es este personaje un ser gordo, enorme, "elefantístico". Un medievalista disparatado que se halla forjando, en la penumbra de su dormitorio, un claustro sucio perfumado por las sus emanaciones corporales y entre eructos monstruosos, una extensa denuncia contra nuestro siglo, el cual según su eminente y particular visión carece de teología y geometría.
Inspirado por La Consolación de la Filosofía del santo Boecio 480-524 escribe sus grandes soflamas y particular visión del mundo que no pueden en ningún caso ser consideradas como peroratas. Lo hace escribiendo extensos párrafos en cuadernos Gran Jefe que tapizan, amontonados de cualquier modo, el apestoso cuarto.

Sirva este fragmento como ejemplo extraído de la misma obra:
Al desmoronarse el sistema medieval, se impusieron los dioses del Caos, la Demencia y el Mal Gusto. Tras el periodo en el que el mundo occidental había gozado de orden, tranquilidad, unidad y unicidad con su Dios Verdadero y su Trinidad, aparecieron vientos de cambio que presagiaban malos tiempos. Un mal viento no trae nada bueno. Los años luminosos de Abelardo, Thomas Beckett y Everyman se convirtieron en escoria; la rueda de la Fortuna había atropellado a la Humanidad, aplastándole la clavícula, destrozándole el cráneo, retorciéndole el torso, taladrándole la pelvis, afligiendo su alma. Y la Humanidad, que tan alto había llegado, cayó muy bajo. Lo que antes se había consagrado al alma, se consagraba ahora al comercio. Mercaderes y charlatanes se hicieron con el control de Europa, llamando a su insidioso evangelio ‘La llustración’.”

Esta es la base filosófica del pensamiento de Ignatius.


La genial novela empieza cuando este se ve arrastrado a vagar por las calles de Nueva Orleans en busca de trabajo para pagar los gastos ocasionados por su madre en un accidente de coche mientras conducía ebria.

¡Trabajar! El trabajo es para el protagonista algo humillante, decadente y totalmente inconcebible. Su búsqueda lo aboca a encontrarse con la sociedad con la que mantiene una relación de repulsión mutua.
Sus pasos le llevan a vivir desventuras en diversos empleos, situaciones que a nuestros ojos son absurdas y surrealistas pero que narradas por el protagonista y justificadas por su visión del mundo son un drama y una injusticia de proporciones gargantuescas — por usar un término de la novela.

Y ¿porqué escribir sobre La Conjura de los Necios? Me siento pequeño escribiendo sobre la colosal obra desde mi posición de aficionado a la lectura. Pero no puede ser de otra manera. Necesito este libro en la Biblioteca. Y lo daré, para comprarlo de nuevo, tantas veces como sea necesario.
La última vez que presté el libro a un amigo viajó a China llevándolo en su mochila para volver sin él. ¡Que viaje para Ignatius J Relly! ¡Qué terrible destino para quien la única vez que salió de su ciudad natal fue para ir a Baton Rouge en un traumatizante viaje en autobús! Debe de estar horrorizado, aullando, dentro del libro y seguro que me azotaría hasta hacerme perder el conocimiento por mi absoluta osadía y falta de decencia. Espero noticias de su abogado. Pues Ignatius amenaza así, usa al sistema contra el sistema. Quizás por mandarlo a China, su válvula pilórica se haya cerrado para siempre. La válvula es un elemento recurrente en la novela, pues mantiene la salud de Ignatius en un equilibrio crítico causándole problemas desproporcionados, al cerrarse repentinamente, al menor contratiempo. O quizás haya muerto... ¡Oh! ¡Dios mio! Puedo escuchar sus chillidos desde esta cómoda biblioteca. O quizás y puede que lo más seguro, con sus elegantes discursos y sus diatribas contra la sociedad haya ido seguido buscando trabajo para subsistir. Aunque para mi lógica (que no la suya) serán siempre empleos abocados al fracaso.
Lo imagino como funcionario administrativo en alguna institución, como vendedor ambulante de rollitos de primavera, echando mano de su experiencia vendiendo salchichas en la calles del poco decoroso barrio francés de Nueva Orleans empujando un carrito para “Vendedores Paraíso” como o como militar, ¿Quien sabe? Sus ínfulas y sus metas son tan grandes como él. Eso si, un militar grotesco y delirante seguramente mandando fatuas epístolas a Kim Jong-un. A Ignatius le gusta mandar cartas.

Se ha intentado clasificar y sobre todo justificar La Conjura de los Necios. Justificar el porqué de Ignatius J Relly. Dando, entre otras, su su presunta locura como respuesta.
En mi opinión, Ignatius no está loco. Solo es un ser de otra época, con elocuencia, elegancia y decencia que va más allá de cualquier etiqueta o diagnóstico. Ignatius es todo esto y más pero sobre todo Ignatius es de verdad, a pesar de resultarnos extravagante, superlativo, monstruoso... Sus delirios no son impostados y él no debe justificar nada.

Dejo pues La Conjura de los Necios en la estantería de la Biblioteca de Lymus. Soy consciente de que una tercera lectura de esta reseña no tendrá el efecto que tiene leer el libro por tercera vez. Pero, ¡Qué demonios! La vida es un suspiro y quien no haya leído La Conjura de los Necios se pierde una de las obras más grandes de la literatura contemporánea.

Así pues, como la amo, lo pongo con cuidado en su estante.

Además es amarillo, el color que más me gusta.

diumenge, 5 de febrer del 2017

El Castillo - Luis Zueco




En esta primera reseña en castellano traigo a la biblioteca el libro que estaba leyendo la noche en la que se gestó el proyecto de esta biblioteca virtual.
Quiso la casualidad que fuese una gran novela sobre un tema que me apasiona. Así pues, aparte de inaugurar las estanterías de la sección castellana de la biblioteca, tiene para mí un componente simbolico importante.

Se trata de El Castillo
Autor: Luis Zueco.

Editado en España por Ediciones B S. A.
www.edicionesb.com
1.a Edición Septiembre de 2015 
8.ªReimpresión septiembre 2016
ISBN 97884666577747
Páginas: 685
Encuadernación en tapa dura con sobrecubierta.
Cabe destacar la autoría de la elaboración de los mapas y el árbol genealógico a Antonio Plata.



Sobre el autor:
Luis Zueco es novelista, historiador, investigador y fotógrafo. En la actualidad es director del Castillo de Grisel, fortaleza medieval convertida en hotel con encanto. Además, es ingeniero industrial, licenciado en Historia y máster en Investigación Artística e Histórica, miembro de la Asociación Española de Amigos de los Castillos, vicepresidente de la Asociación Española de Amigos de los Castillos y colaborador, como experto en patrimonio y cultura, en diversos medios de comunicación. Su novela El escalón 33 recibió la Mención de Honor en el Premio Internacional de Novela Histórica Ciudad de Zaragoza 2012, el Premio al Mejor Thriller Histórico 2012 de la web Novelas Históricas y fue seleccionada en el I Certamen de Novela Histórica Ciudad de Úbeda. También ha publicado la novela histórica Tierra sin rey y la guía Castillos de Aragón: 133 rutas.

Sinopsis
El Castillo, narra la proeza de unos hombres y mujeres que vivieron, amaron y lucharon con el propósito de llevar a término la construcción de un castillo. Y no uno cualquiera: El de Loarre en la provincia de Huesca (Aragón), considerado como la fortaleza románica mejor conservada de Europa, y uno de los conjuntos palaciales, monásticos y militares medievales más significativos del continente.
La obra se divide en tres grandes bloques que corresponden al período del monarca reinante en el momento cronológico de la construcción.
Cuando empezó a edificarse el conjunto del castillo-abadía, esa zona era una peligrosa tierra de frontera.
Todo empezó cuando el rey Sancho III el Mayor, decidió levantar una fortificación en una zona poco habitada y desde la que se podía avistar al enemigo musulmán. Con la promesa de un futuro mejor atrajo a un grupo de hombres y mujeres para quienes a supervivencia era una heroicidad cotidiana.
Entre ellos, un maestro de obras lombardo; Juan el carpintero y su hijo Fortún; Ava la arquera; Javierre, un muchacho cuya ambición creció a la par que el castillo, y un sacerdote fiel al viejo rito hispánico acompañado de la inteligente y misteriosa Eneca.
Con sus medios y conocimientos lograron culminar el castillo desde el que se gestó uno de los más importantes reinos medievales, clave de la Reconquista.

Cuando descubrí mi afición por la Edad Media, el tiempo ya había intentado hacer grisear mi cabello. Su llamada fue contundente, así que con la mochila a la espalda he pasado los últimos años viajando a través de los siglos, dedicado a explorar esa época fascinante. He visitado muchos castillos, con debilidad por los mal llamados “Castillos Cátaros” del S XII y XIII. Escribo “mal llamados” pues los cátaros, debido a sus creencias, carecían posesiones terrenales. Pero esto es otra historia.
Los castillos medievales ejercen una especie de hechizo en mí. Hacen que me sienta pequeño en su interior; abrumado por el peso de la historia que cuentan sus sillares silenciosos.

Desde que aprendí a hacerlo, siempre he leído mucho y desde que me invadió el amor por la Edad Media del que os hablo, entre una lectura y otra siempre he encontrado el momento de leer alguno de esta temática. Cuando uno de esos libros cae en mis manos, hago como una ardilla con una bellota suculenta; lo cojo y me lo llevo a la buhardilla en dónde suelo leer. Allí, lejos de interrupciones, lo devoro.
El último libro de este estilo entró por la chimenea de casa en Navidades. Bueno, en realidad fueron dos los libros que lo hicieron. Ambos del mismo autor, Luis Zueco y sus títulos:
La Ciudad y El Castillo.
¡Os podéis imaginar mi entusiasmo en destapar aquellos paquetes! Por detalles como este creo a pies juntillas en Papá Noel que, aunque la mayor parte del tiempo duerme por las noches disfrazado a mi lado, sabe cómo hacerme feliz.

Aquella noche, con el segundo libro bajo el brazo y trepé con él a la buhardilla.

El lugar del que os hablo se encuentra bajo un tejado de madera. Tiene una ventana a través de la cual siempre es de noche pues cuando subo a devorar letras es cuando se acaba el día y todos duermen. Hay una cama cómoda y una mesita de madera oscura. Entonces enciendo el pequeño flexo y dejo que la luz se derrame sobre las páginas como el agua de la ducha, lo justo para que no salpique y no despertar a mi pareja que duerme al otro lado del colchón. Entonces abro las tapas... en la penumbra se enciende la magia y la aventura empieza.

Cuando abrí las de El Castillo entré de golpe en otro mundo.
Lo primero que llamó mi atención fue que después de unas pocas líneas tenía la impresión de encontrarme realmente en la Edad Media. El autor consigue describir esa época de un modo tal que sospecho que, entre novelas, estudios y fotografías, debió de estar un tiempo por allí.
En el prefacio se indica que la Edad Media no fue una época de lujosos palacios ni princesas, fue una época oscura y peligrosa donde una vida no valía nada y dónde las religiones se enzarzaban en sangrientas guerras en nombre de sus respectivos Dioses. La nobleza, la Iglesia y la plebe. Su separación estricta, real y física queda espléndidamente reflejada a lo largo de toda la obra.

Tras decidir Loarre como emplazamiento del castillo y empezar las obras, la novela da un primer giro inesperado. Gracias a él tenemos la oportunidad de ver la evolución del protagonista y somos testigos de su crecimiento junto con el del castillo.

Luis Zueco tiene una prosa ágil, usa un vocabulario muy rico, relata las técnicas constructivas de la época con detalles minuciosos dando muestras de gran conocimiento del tema y mucha cultura.

Quiero destacar un pasaje que me hizo sentir como lo haría un habitante del S XI, al escuchar la narración de un suceso épico, marcado por sus temores y creencias. Se trata de una solución fantástica en un momento en el que la historia del castillo y sus gentes pasaban por un importante apuro. Su resolución da a la obra parte de su fabulosa dimensión Medieval. Esta faceta sobrenatural es, en mi opinión, una solución al más puro estilo cronista del Medievo y me pareció deliciosa.
La obra, voluminosa, es en sí misma un castillo y, quizás salvo algún pasaje algo lento, es una historia dinámica y muy bien documentada con personajes muy definidos y bien caracterizados.
De la mano del autor aprendí sobre la historia de los jóvenes reinos cristianos del Norte, aprendí como vivían los artesanos, como se orientaban los castillos, como se organizaban los labriegos, como los lombardos guardaban sus secretos, como se construía una máquina de guerra y en este último aspecto, por ser en sí mismo una máquina de guerra; como se pudo haber construido el castillo de Loarre.

También quiero destacar la solida presencia de dos personajes. Enca y Ava.
¿Quién no ha tenido un amor imposible? ¿Quién no conoció en su camino el amor puro? Ese amor que se da sin esperar nada a cambio… Somos humanos, vivamos en la época que vivamos. Esto está tratado con maestría en el libro.

Anoche cerré, como dos grandes puertas, las tapas de El Castillo. Echaré de menos Loarre y sus gentes que me han acompañado en la tranquilidad de mi buhardilla. Cuando vuelva a entrar en uno, les recordaré pues llevo para siempre un poco de ellos en mi corazón.

Para finalizar esta primera reseña quisiera pediros un ejercicio de visualización, así la Biblioteca será un poco más de todos.
Vamos a imaginar una gran sala cuadrada. El suelo está recubierto de tupidas alfombras que le dan calidez al lugar. En la pared opuesta a la puerta de entrada, la luz entra a raudales atravesando dos grandes ventanas ojivales con vidrieras de colores. Grandes estanterías de madera envejecida llenan sus paredes, desde el suelo hasta el techo abovedado del centro del cual pende una gran lámpara de hierro. Hay más estanterias, dispuestas en paralelo. Las estanterías están aun vacías salvo en una de ellas, en la sección de libros en catalán, en dónde ya hay un libro. Me encamino hacia una esquina, en la pared de las vidrieras. Allí dejo con afecto El Castillo, de Luis Zueco, y me encamino a la puerta de salida de la biblioteca. Es una puerta de madera, grande y pesada con figuras talladas en ella.

De pronto, esta se entreabre y asoma por ella un gato blanco de edad bíblica.
¡Es Poniente! ¡El gato de El Castillo! Parece que quiere volver al libro pero antes de llegar se frota contra la pernera de mi pantalón y acomoda sobre la alfombra, hecho un ovillo.
Ya sabía que me costaría olvidar la novela. Con permiso de su autor dejaré al gato durmiendo en la biblioteca. Ahora es una biblioteca con gato.
Salgo cerrando lentamente la puerta tras de mí. En el último momento, a través de la rendija atisbo el libro en la estantería.
Es el segundo.


dijous, 2 de febrer del 2017

¿Quién soy?


 Napoleón es un cuento. Según como se mire, un cuento puede ser la vida de cualquier ser humano. Solo hay que  querer contarla


 Napoleón
(1975 -      ) 
 

 Me gusta leer. Cuanto más leo más me gusta pero, como en el lugar en el que me encuentro ya lo he leído todo, ahora escribo. Aún así, cada día y durante una hora, escarbo en las basuras del patio para encontrar palabras con las que nutrir mi intelecto: viejos periódicos, los ingredientes de los tetrabrik de zumo; todo me vale. De todos modos, desde mi lance con Sinsilla hay poco para rebuscar pues solo me dejan salir cuando los de la limpieza ya han vaciado las papeleras. Esta carencia me llevó a escribir yo mismo las palabras. Con ello descubrí que también me gusta escribir y cuanto más escribo más me gusta.
 Aprendí hace poco, por lo que todavía lo hago con mucha dificultad, con la cabeza muy pegada al papel y sacando la lengua. Si me viese Sinsilla, el enfermero malvado, me creería tonto y no me conviene que piensen más cosas malas de mí. Quisiera escribir rápido, pero no puedo. No escribo como el doctor Tepes, que sostiene la estilográfica con elegancia entre sus dedos huesudos y la desliza sobre las cuartillas como si anduviera sola por los renglones. Yo trato de hacer letras bonitas, grandes y angulosas como las palas que usaba mi abuelo materno para cavar trincheras.
 Al principio escribía sin una finalidad clara, nadie leía mis textos, hasta que conocí a Juan, un loco ocurrente que adora escucharme. Poco después del incidente con Sinsilla vino a verme, ha sido la única visita que he recibido desde que ingresé. Me dijo que el mote al enfermero se lo había puesto porque, aunque es francés, se apellida Sánchez. Me contó que ese apellido, pronunciado en aquel idioma, significa “sin silla” en castellano. Le pone motes a todos y me agradó enseguida, también se interesó mucho por la historia de mi vida y me dijo que el mundo debería conocerla, él me ayudaría a trasmitirla. Así pues, letra a letra, voy cavando mi libertad.
 Desde hace seis meses nos vemos en el patio y le hago llegar los pedazos de papel con estos escritos. Me ha prometido que los transcribirá en el ordenador de la biblioteca y los enviará por Internet a un lugar en dónde hay jueces. ¿Quién iba a decirle a mi familia que algún día, las letras, iban a servirme de algo?Mi nombre es Napoleón Lee. Soy investigador privado y me encuentro recluido en la tercera planta del Parque Sanitario Santa Bárbara. Para avanzar en la resolución de un caso decidí, delante del juez, hacerme pasar por demente y declararme culpable de unos actos que yo no había cometido. Creí que de esta manera daría con el causante de aquellos hechos, que me consta que se encuentra entre estos muros. Pero la fauna que habita esta casa de orates me hizo difícil llevar a cabo cualquier investigación.
 El principal sospechoso capaz de cometer aquellos actos se llama Silencio, es un ruso enorme que se niega a hablar. Si se le pregunta, escribe la respuesta en una libreta. Para hacer avanzar mi investigación una vez le pregunté, astutamente, si le gustaba la agricultura tropical. Con sus dedos peludos escribió: “Vete a la mierda”. Nunca me ha vuelto a escribir nada y por lo tanto me ha sido imposible, en tres años, avanzar en mis pesquisas. Luego, por haber mordido, sin querer, el dedo índice de Sinsilla, se me considera paciente penitenciario peligroso. ¡A mí, que había ingresado voluntariamente! Las palabras escritas por el ruso fueron como un presagio: ahora me tienen en la mierda; privado de mis enseres personales, así como de papel y lápiz; temen que pueda hacerle daño a alguien. A pesar de todo, escribo. Me arreglo con un bolígrafo rojo que robé de la consulta del doctor Tepes ocultándolo en un rincón deshonroso.
 Cuando Juan supo cómo había sacado el boli de la consulta, entre risas, le puso el mote al doctor. Dice que Tepes es el sobrenombre de un príncipe rumano que usaba con sus enemigos turcos la misma técnica que usé yo para  llevarme la estilográfica.
 Por otro lado, los pedazos de papel de váter no son, a mi parecer, un soporte digno, pero necesito que se conozca mi situación y que estas letras lleguen a Leonardo Montsalves, jardinero del pueblo de El Erial. Escribo muy lento, es cierto, pero dispongo de mucho tiempo. Por ello empezaré mi historia desde el principio. Escribir me aleja de este sitio y es una gimnasia mental a la que cada día estoy más enganchado; otra cosa es cómo lo hago. En cuanto a escritor, mis pequeñas oraciones, mis líos ortográficos y mis metáforas pueriles hacen de mí un escritor amateur. Más que un literato, soy un roedor de letras que, gracias a su difunta esposa, tuvo la oportunidad de conocer la palabra escrita, sosteniendo los libros entre sus patitas delanteras; como un ratón.
Mi historia empieza hace cuarenta y dos años. Provengo de una familia mestiza de larga tradición analfabeta, una gran familia orgullosa e iletrada que se ha caracterizado desde siempre por lucir y hacer gala de su necedad, sembrando de actos zafios y exabruptos orgullosos la tierra que ha pisado.
 Fulgencio, quien más adelante sería mi padre, comerciaba con asnos. Con la ayuda de su tío Suplicio prosperó en el negocio y en sus mejores tiempos llegó a tener hasta quince animales en el establo. Burros refinados y exquisitos todos, con los que Fulgencio mantenía fluidas conversaciones. Nunca le hizo falta abrir un libro.

¡Hiaaaa! —exclamaba cuando le decían que, quizás, le hiciese falta un poco de letra.

 Firmaba con una X y sellaba los tratos bramando y relinchando con un estilo propio que se había ido perfeccionando de generación en generación.El origen de aquellos bramidos, junto con el orgullo que tenía de ser tan burro, hay que ir a buscarlos en su padre; el abuelo Tobías, que guardaba, escondidos tras una fisionomía porcina y unos dedos como ganchos, unos genes mandarines de los que el apellido Lee, a parte de una ironía, siempre fue una pista de nuestros orígenes orientales. Aquel hombre vino al mundo en una corraleta de cerdos de la que salió, muy orgulloso por el gran ascenso que la vida le ofrecía, para ir a parar a un establo de mulas. Allí hizo de acemilero para un poderoso señor de Sant Boi de Llobregat quien, primero sorprendido y después encantado de ver que su empleado era tan necio, se ahorraba tener que pagarle un sueldo concreto y le daba aquello que bien le parecía. Aprovechándose del analfabetismo de su empleado, le hacía firmar unas nóminas miserables que mi abuelo, feliz, recibía. Tanto se confió el señorito —un hombre, por cierto, con un apellido muy conocido— que por una de aquellas cosas y sin querer, en lugar de una nómina le hizo firmar la propiedad del establo. El abuelo Tobías, analfabeto pero no idiota, se vio de pronto propietario de una pequeña fortuna a la que le supo sacar rendimiento.
 Suplicio era el hermano mayor y el más listo de la familia.  Fue el único de los tres hermanos Lee a quien no le interesó lo más mínimo la procreación masiva y falleció sin dejar descendencia. Al igual que sus otros dos hermanos, odiaba la palabra escrita y, si bien escribía frases cortas que le permitieron llegar a ser propietario de la pequeña funeraria de El Erial, prefería hacer uso del talento familiar para cavar las fosas de sus vecinos con el dinamismo de una excavadora.
Por parte de Madre la cosa tiene los mismos tintes:
 Su padre, de nombre Topo, fue el tercero de los tres hermanos y abandonó la familia muy pronto para cruzar los Pirineos. Ya en la Primera Gran Guerra lo encontramos excavando trincheras alrededor de la línea Maginot. Su ignorancia y poco criterio le hacían cavar de manera errática, absurda y sin una finalidad clara. A pesar de todo tenía, a parte de la capacidad de tocarse la nariz con la punta de la lengua, una habilidad sorprendente para esquivar los obuses que por aquel entonces llovían por todas partes.
 Una noche, casualmente o no, su túnel fue a salir en medio de un gallinero. El revuelo de las gallinas, alborotadas por tan inusual visita, despertaron al propietario de la explotación avícola quien, después de mirar de arriba abajo al visitante, pareció encantado con lo que veía y le ofreció un plato de sopa y la mano de su hija Bernardette, callosa y dura como la corteza de un algarrobo. Aquella sería mi abuela.
 Acabadas las guerras, la Primera y la Segunda, encontramos a Topo exiliado en una cueva donde una desfondada abuela daba a luz a su dieciseisavo hijo. Fue una niña y más tarde sería mi madre, una mujer dura que, desde bebé, cargó con una enorme pala a la espalda de la que no se separaría nunca.
 Fulgencio y Madre se conocieron por casualidad en una importante feria de ganado.
 Él estaba en tratos con un señor del pueblo vecino, quien dudaba de si comprar o no un asno que había salido un poco esmirriado. Para loar las virtudes de aquel animal oxidado, entre palabras groseras y berreos seductores emitía unos evolucionados relinches que atrajeron la atención de Madre, que se encontraba allí junto a toda su familia. Habían salido de la cueva y cruzado los Pirineos para que Topo diese el pésame a su sobrino Fulgencio, pocos meses después de que un estornudo gigantesco se llevase la vida del viejo Tobías. Aquellos relinches nunca atrajeron moza alguna, salvo a Madre, y fruto de un noviazgo de cinco minutos entre las patas de una mula, nueve meses después nací yo, Napoleón, el primero de lo que iba a ser una larga descendencia. Pero,  quizás a causa de la endogamia, lo hice con una malformación genética: ¡Qué desgracia! ¡Su primer hijo tenía una desmedida afición por la letra escrita! Mucho lloraron mis padres, abuelos y abuela. ¿Cómo podía haber en el linaje de la familia alguien tan interesado en las palabras? «¡Si es que hasta le gustan los libros! —decía a menudo la abuela Bernardette— ¡Los libros, que no sirven ni para hacer un hoyo pequeño!».
 Y Fulgencio relinchaba de pena mientras se dedicaba, con furia reproductora, a engendrar más hijos.
 Con el amor incondicional de unos padres desesperados por el mal camino que los ojos de su primogénito cogían, adoptaron medidas drásticas: me hacían pasar días enteros con las mulas, semanas completas en el gallinero y con regularidad medicinal golpeaban mi cabeza con la fuerza de la ignorancia y con la esperanza de dejarme tonto de un garrotazo.
 Fueron tiempos difíciles para aquel matrimonio de analfabetos. El intento de mantener cualquier tipo de grafía alejada de mí les hacía evitar el contacto con los de su especie. Pero en un mundo superpoblado no es fácil esconderse, y menos si tienes una manada de hijos nacidos bajo las patas de las mulas.
 Un día, mi hermano pequeño caminaba por un cañizal y, casualmente, una caña le traspasó la frente y salió por el occipital. Tras un intenso debate sobre si era necesario que fuesen a curárselo o no, acabaron por considerar que, ya que estaban cerca de un pueblo, no estaría de más que un veterinario le echase un vistazo. Allí conocí a la que sería mi futura mujer: Marieta, una moza bizca, alegre y con los dedos más largos y bellos que jamás he visto.
 Ella había acudido para vacunar a su perro y, al ver a mi hermano, comprendió de inmediato lo que debía hacer. Siempre me ha dicho que se enamoró de aquel chico desnutrido —de mí concretamente, pues allí había un montón de desnutridos—, por la pasión desatada con la que miraba los pósters de comida de perro de aquella consulta. Supongo que fue porque, mientras mis hermanos miraban salivando la fotografía del cartel en donde aparecía un suculento cuenco repleto de croquetas, yo repasaba con mi índice las letras de la marca.
 Marieta ayudó a la veterinaria a convencer a mis padres de que allí no era el lugar idóneo al cual acudir para extraer una caña de la cabeza de un niño y, mientras nos acompañaba a las urgencias del hospital, ya había detectado mi carencia y mi fascinación por la palabra escrita. Así pues, los ocho meses que mi hermano pequeño estuvo ingresado, con Fulgencio y Madre distraídos y sobrepasados por los acontecimientos, empezó, a escondidas, a enseñarme a leer.
 Con paciencia Marieta guió mis progresos hasta que un día empecé a leer un texto solo. Fueron las palabras escritas en el acta de defunción de mi hermano pequeño que, tras recuperarse de la herida causada por la caña, se había atragantado con el hueso de una aceituna que le sirvieron en última cena en el hospital.
 ¡Qué desgracia! Sabía leer solo, sí, pero me había quedado sin hermano pequeño. Por suerte, fue por poco tiempo pues seis días más tarde Fulgencio y Madre ya me habían proporcionado otro.Le enterramos en un cementerio para mascotas inglesas porque no era más grande que un perro pequinés, eso, a pesar de la oposición de Marieta, que decía que allí no era lugar adecuado para aquel propósito. Pasamos el luto acampados al lado de la tapia del cementerio. Durante este tiempo, Marieta solía visitarnos a menudo. Estaba loca por mí y yo por ella, de modo que seguimos con nuestro romance. Finalmente, aunque Fulgencio y Madre desaprobaban explícitamente nuestra unión por razones literarias, Marieta y yo nos casamos.
 Fue una celebración muy triste. Sin invitación, y a causa de un giro imprevisto mientras bailaban, La Muerte se llevó a Marieta de un golpetazo con la pala que Madre lleva a la espalda. El accidente seccionó su carótida y sus largos dedos, interrumpió la canción de “Los pajaritos” y tiñó de silencio la fiesta.Marieta falleció mirándome, tiernamente, con sus ojos bizcos. Fue un duro revés, y una inspiración: me quedé viudo pero, por haber hallado a la pala culpable de aquel asesinato con tanta celeridad, mi aletargada vocación de detective se despertó en mí; brotando, como la semilla de un gigantesco baobab.Al día siguiente, con la decisión de un tornado incontrolado y la ayuda de la mula más rápida de Fulgencio, me planté en El Erial. Tío abuelo Suplicio me ayudó con las exequias de Marieta y, atraído por su habilidad con las pequeñas frases funerarias, decidí quedarme a vivir con él. De día le ayudaba a cavar fosas y por las noches investigaba. Finalmente y poco a poco desatendí la funeraria para dedicarme a la labor detectivesca.He de parar aquí mi relato ¡Catástrofe!
Esta tarde, en el patio, Juan me ha comunicado que la semana pasada y por error usó los dos últimos pedazos de papel en los que detallaba los detalles de mi formación como investigador privado y cómo llegué hasta Silencio. No tiene sentido seguir escribiendo como llegué aquí sin esas dos partes fundamentales de mi relato. A raíz de ello he reflexionado y voy a centrarme en el caso concreto, pues, temo que vuelva a suceder. Además, cuanto antes lo haga antes llegará a los ojos de un juez, quien podrá muy pronto comprobar la magnitud de la injusticia cometida.El contratiempo nos lleva al 2012. En la pequeña localidad de El Erial, fueron apareciendo, a primera hora de la mañana y durante tres días seguidos, una serie de dedos plantados en los jardines cercanos al Ayuntamiento. Aparecieron sembrados con cuidado, todos con la uña hacia arriba y a una distancia exacta de veinte centímetros el uno del otro. Sin duda el autor actuaba de madrugada y aprovechando que los tranquilos aldeanos dormían. Todos ellos eran el índice y correspondían a personas de raza blanca y avanzada edad. El caso salió en prensa, quizás lo recuerde. La policía no tenía ninguna pista. No había denuncias previas, por lo que desde el primer momento se descartó que pertenecieran a vecinos del pueblo. Con casi total seguridad habían sido amputados en otros sitios, congelados y llevados a El Erial.
El principal sospechoso fue enseguida el propietario del invernadero municipal que se encargaba del mantenimiento de aquellos jardines: Leonardo Montsalves, que los días de autos estuvo desaparecido. La policía tenía razones para sospechar, pues el sujeto proviene de una tribu amazónica que realiza secretos rituales y además cocina unas cocas de maíz deliciosas en demasía a las que llama arepas. 
El culpable fue procesado, pero en el juicio que tuvo lugar fue absuelto por falta de pruebas. Ya no volvieron a aparecer más dedos así que, aquellos que habían quedado en custodia dentro de la nevera del juez de paz, fueron solemnemente enterrados.
Entonces, para limpiar su imagen y la de su negocio, Leonardo se puso en contacto conmigo. Solía encontrarme a menudo escondido entre las petunias, justo debajo de la alcoba de la esposa del alcalde, desde donde vigilaba las idas y venidas de los vecinos del pueblo de quienes sospecho que eran los causantes de que aquella dama amaneciese siempre con la cara sonrosada. Además, su llamada me puso muy contento pues con aquel gesto entendí enseguida que quería limar asperezas y hacer las paces en nuestra maltrecha relación. El motivo de nuestro desencuentro era que me acusaba de haber robado un ramo de cantutas, robo del cual yo no era responsable. Las cantutas son unas flores tubulares y alargadas como un racimo de dedos, eran las flores sagradas de los incas y tenían una gran importancia para él pues, con vistas al fin del mundo que se esperaba para el 2012, las estaba guardando para un ritual en homenaje al astro Sol. El caso es que, para demostrar mi buena predisposición en hacer las paces, acepté enseguida hacer el trabajo, por el que me pagó la mitad al principio y al acabar la investigación recibiría el resto. 
De eso hace muchos años. Después del fracaso con el ruso he tratado de ponerme en contacto con Leonardo. Al principio lo negó todo, ¡hasta declaró no conocerme! Dijo que solo sabía que yo trabajaba en la funeraria de El Erial y, para mi sorpresa, mencionó el robo de las cantutas.

—La Funeraria Lee fue de mi tío abuelo Suplicio, que en paz descanse. ¡Yo soy detective privado!

Mi extremada sinceridad no impresionó al juez, quien decretó que, no solo era culpable del robo, sino que también era más que sospechoso de la extraña plantación digital.
El régimen de mi reclusión se recrudeció hace seis meses cuando, desesperado, solicité hablar con el doctor Tepes para solicitar que revisase mi caso. Cuando me reafirmé en mi inocencia del robo de cantutas, quizás de manera vehemente, quizás amenazante, hizo llamar al malvado Sinsilla para que me administrase un calmante. Ya sabe usted lo que le hice sin querer y este que por el color sonrosado de sus mejillas tengo la certeza de que se acuesta con el doctor Tepes, chillando que casi le había arrancado el índice, solicitó que, por favor, recrudecieran mi internamiento.
Son casi las seis. Hoy daré este último pedazo de papel a Juan. Dejo pues mi vida en sus manos. Por favor, hagan circular este grito de auxilio, necesito que Leonardo Montsalves reconozca que alquiló mis servicios. No aguantaré mucho tiempo aquí sin volverme loco. 

Querido lector, buenos días, soy Juan. Tal y como me ha solicitado Napoleón a quien yo llamo Vaterloo por su nombre y la desquiciada manera que ha encontrado de pasarme sus textos— con gran dificultad y por ser la letra ilegible, los transcribo. Por ser licenciado, fui designado por los internos para descubrir el secreto de tan extraño personaje ¡Por el amor de Dios! Esperamos que el tal  Leonardo exista y le saquen pronto de aquí pues tememos por nuestros dedos, a los que mira hechizado.



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Texto bajo licencia Safe Creative

Qui és Lymus

¿Quién soy?

 Napoleón es un cuento. Según como se mi re , un cuento pue de ser la vida de cualquier ser humano. Solo hay q ue  querer con tarla . ...