dimecres, 18 de setembre del 2019

El caso del señor Valdemar - Edgar Allan Poe





Creatiu i intrigant conte del sempre prolífic Poe que ens parla de l’hipnotisme portat a l’extrem. Molt recomanable.

Nota 4,5/5



El caso del señor Valdemar

The Facts in the Case of M. Valdemar,
Edgar Allan Poe (1809-1849)
De ninguna manera me parece sorprendente que el extraordinario caso del señor Valdemar haya provocado tantas discusiones. Hubiera sido un milagro que ocurriera lo contrario, especialmente en tales circunstancias. Aunque todos los participantes deseábamos mantener el asunto alejado del público —al menos por el momento, o hasta que se nos ofrecieran nuevas oportunidades de investigación—, a pesar de nuestros esfuerzos no tardó en difundirse una versión tan espuria como exagerada, que se convirtió en fuente de muchas desagradables tergiversaciones y, como es natural, de profunda incredulidad. El momento ha llegado que yo dé a conocer los hechos —en la medida en que me es posible comprenderlos—. Helos aquí sucintamente:
Durante los últimos años el estudio del hipnotismo había atraído repetidamente mi atención. Hace unos nueve meses, se me ocurrió súbitamente que en la serie de experimentos efectuados hasta ahora existía una omisión tan curiosa como inexplicable: jamás se había hipnotizado a nadie in articulo mortis. Quedaba por verse si, en primer lugar, un paciente en esas condiciones sería susceptible de influencia magnética; segundo, en caso de que lo fuera, si su estado aumentaría o disminuiría dicha susceptibilidad, y tercero, hasta qué punto, o por cuánto tiempo, el proceso hipnótico sería capaz de detener la intrusión de la muerte. Quedaban por aclarar otros puntos, pero éstos eran los que más excitaban mi curiosidad, sobre todo el último, dada la inmensa importancia que podían tener sus consecuencias.
Pensando si entre mis relaciones habría algún sujeto que me permitiera verificar esos puntos, me acordé de mi amigo Ernest Valdemar, renombrado compilador de la Bibliotheca Forensica y autor (bajo el nom de plume de Issachar Marx) de las versiones polacas de Wallenstein y Gargantúa. El señor Valdemar, residente desde 1839 en Harlem, Nueva York, es (o era) especialmente notable por su extraordinaria delgadez, tanto que sus extremidades inferiores se parecían mucho a las de John Randolph, y también por la blancura de sus patillas, en violento contrasté con sus cabellos negros, lo cual llevaba a suponer con frecuencia que usaba peluca. Tenía un temperamento muy nervioso, que le convertía en buen sujeto para experiencias hipnóticas. Dos o tres veces le había adormecido sin gran trabajo, pero me decepcionó no alcanzar otros resultados que su especial constitución me había hecho prever. Su voluntad no quedaba nunca bajo mi entero dominio, y, por lo que respecta a la clarividencia, no se podía confiar en nada de lo que había conseguido con él. Atribuía yo aquellos fracasos al mal estado de salud de mi amigo. Unos meses antes de trabar relación con él, los médicos le habían declarado tuberculoso. El señor Valdemar acostumbraba referirse con toda calma a su próximo fin, como algo que no cabe ni evitar ni lamentar.
Cuando las ideas a que he aludido se me ocurrieron por primera vez, lo más natural fue que acudiese a Valdemar. Demasiado bien conocía la serena filosofía de mi amigo para temer algún escrúpulo de su parte; por lo demás, no tenía parientes en América que pudieran intervenir para oponerse. Le hablé francamente del asunto y, para mi sorpresa, noté que se interesaba vivamente. Digo para mi sorpresa, pues si bien hasta entonces se había prestado libremente a mis experimentos, jamás demostró el menor interés por lo que yo hacía. Su enfermedad era de las que permiten un cálculo preciso sobre el momento en que sobrevendrá la muerte. Convinimos, pues, en que me mandaría llamar veinticuatro horas antes del momento fijado por sus médicos para su fallecimiento.
Hace más de siete meses que recibí la siguiente nota, de puño y letra de Valdemar:
Estimado P:
Ya puede usted venir. D... y F... coinciden en que no pasaré de mañana a medianoche, y me parece que han calculado el tiempo con mucha exactitud. Valdemar.
Recibí el billete media hora después de escrito, y quince minutos más tarde estaba en el dormitorio del moribundo. No le había visto en los últimos diez días y me aterró la espantosa alteración que se había producido en tan breve intervalo. Su rostro tenía un color plomizo, no había el menor brillo en los ojos y, tan terrible era su delgadez, que la piel se había abierto en los pómulos. Expectoraba continuamente y el pulso era casi imperceptible. Conservaba no obstante una notable claridad mental, y cierta fuerza. Me habló con toda claridad, tomó algunos calmantes sin ayuda ajena y, en el momento de entrar en su habitación, le encontré escribiendo unas notas en una libreta. Se mantenía sentado en el lecho con ayuda de varias almohadas, y estaban a su lado los doctores D... y F...
Luego de estrechar la mano de Valdemar, llevé aparte a los médicos y les pedí que me explicaran detalladamente el estado del enfermo. Desde hacía dieciocho meses, el pulmón izquierdo se hallaba en un estado semióseo o cartilaginoso, y, como es natural, no funcionaba en absoluto, En su porción superior el pulmón derecho aparecía parcialmente osificado, mientras la inferior era tan sólo una masa de tubérculos purulentos que se confundían unos con otros. Existían varias dilatadas perforaciones y en un punto se había producido una adherencia permanente a las costillas, Todos estos fenómenos del lóbulo derecho eran de fecha reciente; la osificación se había operado con insólita rapidez, ya que un mes antes no existían señales de la misma y la adherencia sólo había sido comprobable en los últimos tres días. Aparte de la tuberculosis los médicos sospechaban un aneurisma de la aorta, pero los síntomas de osificación volvían sumamente difícil un diagnóstico. Ambos facultativos opinaban que Valdemar moriría hacia la medianoche del día siguiente (un domingo). Eran ahora las siete de la tarde del sábado.
Al abandonar la cabecera del moribundo para conversar conmigo, los doctores D... y F... se habían despedido definitivamente de él. No era su intención volver a verle, pero, a mi pedido, convinieron en examinar al paciente a las diez de la noche del día siguiente.
Una vez que se fueron, hablé francamente con Valdemar sobre su próximo fin, y me referí en detalle al experimento que le había propuesto. Nuevamente se mostró dispuesto, e incluso ansioso por llevarlo a cabo, y me pidió que comenzara de inmediato. Dos enfermeros, un hombre y una mujer, atendían al paciente, pero no me sentí autorizado a llevar a cabo una intervención de tal naturaleza frente a testigos de tan poca responsabilidad en caso de algún accidente repentino. Aplacé, por tanto, el experimento hasta las ocho de la noche del día siguiente, cuando la llegada de un estudiante de medicina de mi conocimiento (el señor Theodore L.I) me libró de toda preocupación. Mi intención inicial había sido la de esperar a los médicos, pero me vi obligado a proceder, primeramente por los urgentes pedidos de Valdemar y luego por mi propia, convicción de que no había un minuto que perder, ya que con toda evidencia el fin se acercaba rápidamente.
El señor L.I. tuvo la amabilidad de acceder a mi pedido, así como de tomar nota de todo lo que ocurriera. Lo que voy a relatar ahora procede de sus apuntes, ya sea en forma condensada o verbatim.
Faltaban cinco minutos para las ocho cuando, después de tomar la mano de Valdemar, le pedí que manifestara con toda la claridad posible, en presencia de L.l., que estaba dispuesto a que yo le hipnotizara en el estado en que se encontraba.
Débil, pero distintamente, el enfermo respondió: «Sí, quiero ser hipnotizado», agregando de inmediato: «Me temo que sea demasiado tarde.»
Mientras así decía, empecé a efectuar los pases que en las ocasiones anteriores habían sido más efectivos con él. Sentía indudablemente la influencia del primer movimiento lateral de mi mano por su frente, pero, aunque empleé todos mis poderes, me fue imposible lograr otros efectos hasta algunos minutos después de las diez, cuando llegaron los doctores D... y F..., tal como lo habían prometido. En pocas palabras les expliqué cuál era mi intención, y, como no opusieron inconveniente, considerando que el enfermo se hallaba ya en agonía, continué sin vacilar, cambiando, sin embargo, los pases laterales por otros verticales y concentrando mi mirada en el ojo derecho del sujeto.
A esta altura su pulso era imperceptible y respiraba entre estertores, a intervalos de medio minuto.
Esta situación se mantuvo sin variantes durante un cuarto de hora. Al expirar este período, sin embargo, un suspiro perfectamente natural, aunque muy profundo, escapó del pecho del moribundo, mientras cesaba la respiración estertorosa o, mejor dicho, dejaban de percibirse los estertores; en cuanto a los intervalos de la respiración, siguieron siendo los mismos. Las extremidades del paciente estaban heladas.
A las once menos cinco, advertí inequívocas señales de influencia hipnótica. La vidriosa mirada de los ojos fue reemplazada por esa expresión de intranquilo examen interior que jamás se ve sino en casos de hipnotismo, y sobre la cual no cabe engañarse. Mediante unos rápidos pases laterales hice palpitar los párpados, como al acercarse el sueño, y con unos pocos más los cerré por completo. No bastaba esto para satisfacerme, sin embargo, sino que continué vigorosamente mis manipulaciones, poniendo en ellas toda mi voluntad, hasta que hube logrado la completa rigidez de los miembros del durmiente, a quien previamente había colocado en la posición que me pareció más cómoda. Las piernas estaban completamente estiradas; los brazos reposaban en el lecho, a corta distancia de los flancos. La cabeza había sido ligeramente levantada.
Al dar esto por terminado era ya medianoche y pedí a los presentes que examinaran el estado de Valdemar. Luego de unas pocas verificaciones, admitieron que se encontraba en un estado insólitamente perfecto de trance hipnótico. La curiosidad de ambos médicos se había despertado en sumo grado. El doctor D... decidió pasar toda la noche a la cabecera del paciente, mientras el doctor F... se marchaba, con promesa de volver por la mañana temprano. L.l. y los enfermeros se quedaron.
Dejamos a Valdemar en completa tranquilidad hasta las tres de la madrugada, hora en que me acerqué y vi que seguía en el mismo estado que al marcharse el doctor F...; vale decir, yacía en la misma posición y su pulso era imperceptible. Respiraba sin esfuerzo, aunque casi no se advertía su aliento, salvo que se aplicara un espejo a los labios. Los ojos estaban cerrados con naturalidad y las piernas tan rígidas y frías como si fueran de mármol. No obstante ello, la apariencia general distaba mucho de la de la muerte.
Al acercarme intenté un ligero esfuerzo para influir sobre el brazo derecho, a fin de que siguiera los movimientos del mío, que movía suavemente sobre su cuerpo. En esta clase de experimento jamás había logrado buen resultado con Valdemar, pero ahora, para mi estupefacción, vi que su brazo, débil pero seguro, seguía todas las direcciones que le señalaba el mío. Me decidí entonces a intentar un breve diálogo.
Valdemar..., ¿duerme usted? —pregunté.
No me contestó, pero noté que le temblaban los labios, por lo cual repetí varias veces la pregunta. A la tercera vez, todo su cuerpo se agitó con un ligero temblor; los párpados se levantaron lo bastante para mostrar una línea del blanco del ojo; moviéronse lentamente los labios, mientras en un susurro apenas audible brotaban de ellos estas palabras:
Sí… ahora duermo. ¡No me despierte! ¡Déjeme morir así!
Palpé los miembros, encontrándolos tan rígidos como antes. Volví a interrogar al hipnotizado:
¿Sigue sintiendo dolor en el pecho, Valdemar? La respuesta tardó un momento y fue aún menos audible que la anterior:
No sufro... Me estoy muriendo.
No me pareció aconsejable molestarle más por el momento, y no volví a hablarle hasta la llegada del doctor F..., que arribó poco antes de la salida del sol y se quedó absolutamente estupefacto al encontrar que el paciente se hallaba todavía vivo. Luego de tomarle el pulso y acercar un espejo a sus labios, me pidió que le hablara otra vez, a lo cual accedí.
Valdemar —dije—. ¿Sigue usted durmiendo? Como la primera vez, pasaron unos minutos antes de lograr respuesta, y durante el intervalo el moribundo dio la impresión de estar juntando fuerzas para hablar. A la cuarta repetición de la pregunta, y con voz que la debilidad volvía casi inaudible, murmuró:
Sí... Dormido... Muriéndome.
La opinión o, mejor, el deseo de los médicos era que no se arrancase a Valdemar de su actual estado de aparente tranquilidad hasta que la muerte sobreviniera, cosa que, según consenso general, sólo podía tardar algunos minutos. Decidí, sin embargo, hablarle una vez más, limitándome a repetir mi pregunta anterior.
Mientras lo hacía, un notable cambio se produjo en las facciones del hipnotizado. Los ojos se abrieron lentamente, aunque las pupilas habían girado hacia arriba; la piel adquirió una tonalidad cadavérica, más semejante al papel blanco que al pergamino, y los círculos hécticos, que hasta ese momento se destacaban fuertemente en el centro de cada mejilla, se apagaron bruscamente. Empleo estas palabras porque lo instantáneo de su desaparición trajo a mi memoria la imagen de una bujía que se apaga de un soplo. Al mismo tiempo el labio superior se replegó, dejando al descubierto los dientes que antes cubría completamente, mientras la mandíbula inferior caía con un sacudimiento que todos oímos, dejando la boca abierta de par en par y revelando una lengua hinchada y ennegrecida. Supongo que todos los presentes estaban acostumbrados a los horrores de un lecho de muerte, pero la apariencia de Valdemar era tan espantosa en aquel instante, que se produjo un movimiento general de retroceso.
Comprendo que he llegado ahora a un punto de mi relato en el que el lector se sentirá movido a una absoluta incredulidad. Me veo, sin embargo, obligado a continuarlo.
El más imperceptible signo de vitalidad había cesado en Valdemar; seguros de que estaba muerto lo confiábamos ya a los enfermeros, cuando nos fue dado observar un fuerte movimiento vibratorio de la lengua. La vibración se mantuvo aproximadamente durante un minuto. Al cesar, de aquellas abiertas e inmóviles mandíbulas brotó una voz que sería insensato pretender describir. Es verdad que existen dos o tres epítetos que cabría aplicarle parcialmente: puedo decir, por ejemplo, que su sonido era áspero y quebrado, así como hueco. Pero el todo es indescriptible, por la sencilla razón de que jamás un oído humano ha percibido resonancias semejantes. Dos características, sin embargo —según lo pensé en el momento y lo sigo pensando—, pueden ser señaladas como propias de aquel sonido y dar alguna idea de su calidad extraterrena. En primer término, la voz parecía llegar a nuestros oídos (por lo menos a los míos) desde larga distancia, o desde una caverna en la profundidad de la tierra. Segundo, me produjo la misma sensación (temo que me resultará imposible hacerme entender) que las materias gelatinosas y viscosas producen en el sentido del tacto.
He hablado al mismo tiempo de «sonido» y de «voz». Quiero decir que el sonido consistía en un silabeo clarísimo, de una claridad incluso asombrosa y aterradora. El señor Valdemar hablaba, y era evidente que estaba contestando a la interrogación formulada por mí unos minutos antes. Como se recordará, le había preguntado si seguía durmiendo. Y ahora escuché:
Sí..., No... Estuve durmiendo... y ahora... ahora... estoy muerto.
Ninguno de los presentes pretendió siquiera negar ni reprimir el inexpresable, estremecedor espanto que aquellas pocas palabras, así pronunciadas, tenían que producir. L...l, el estudiante, cayó desvanecido. Los enfermeros escaparon del aposento y fue imposible convencerlos de que volvieran. Por mi parte, no trataré de comunicar mis propias impresiones al lector. Durante una hora, silenciosos, sin pronunciar una palabra, nos esforzamos por reanimar a L...l. Cuando volvió en sí, pudimos dedicarnos a examinar el estado de Valdemar.
Seguía, en todo sentido, como lo he descrito antes, salvo que el espejo no proporcionaba ya pruebas de su respiración. Fue inútil que tratáramos de sangrarlo en el brazo. Debo agregar que éste no obedecía ya a mi voluntad. En vano me esforcé por hacerle seguir la dirección de mi mano. La única señal de la influencia hipnótica la constituía ahora el movimiento vibratorio de la lengua cada vez que volvía a hacer una pregunta a Valdemar. Se diría que trataba de contestar, pero que carecía ya de voluntad suficiente. Permanecía insensible a toda pregunta que le formulara cualquiera que no fuese yo, aunque me esforcé por poner a cada uno de los presentes en relación hipnótica con el paciente. Creo que con esto he señalado todo lo necesario para que se comprenda cuál era la condición del hipnotizado en ese momento. Se llamó a nuevos enfermeros, y a las diez de la mañana abandoné la morada en compañía de ambos médicos y de L.l.
Volvimos por la tarde a ver al paciente. Su estado seguía siendo el mismo. Discutimos un rato sobre la conveniencia y posibilidad de despertarlo, pero poco nos costó llegar a la conclusión de que nada bueno se conseguiría con eso. Resultaba evidente que hasta ahora, la muerte (o eso que de costumbre se denomina muerte) había sido detenida por el proceso hipnótico. Parecía claro que, si despertábamos a Valdemar, lo único que lograríamos sería su inmediato o, por lo menos, su rápido fallecimiento.
Desde este momento hasta fines de la semana pasada —vale decir, casi siete meses— continuamos acudiendo diariamente a casa de Valdemar, acompañados una y otra vez por médicos y otros amigos. Durante todo este tiempo el hipnotizado se mantuvo exactamente como lo he descrito. Los enfermeros le atendían continuamente.
Por fin, el viernes pasado resolvimos hacer el experimento de despertarlo, o tratar de despertarlo probablemente el lamentable resultado del mismo es el que ha dado lugar a tanta discusión en los círculos privados y a una opinión pública que no puedo dejar de considerar como injustificada.
A efectos de librar del trance hipnótico al paciente, acudí a los pases habituales. De entrada resultaron infructuosos. La primera indicación de un retorno a la vida lo proporcionó el descenso parcial del iris. Como detalle notable se observó que este descenso de la pupila iba acompañado de un abundante flujo de icor amarillento, procedente de debajo de los párpados, que despedía un olor penetrante y fétido.
Alguien me sugirió que tratara de influir sobre el brazo del paciente, como al comienzo. Lo intenté, sin resultado. Entonces el doctor F... expresó su deseo de que interrogara al paciente. Así lo hice, con las siguientes palabras:
Señor Valdemar... ¿puede explicarnos lo que siente y lo que desea?
Instantáneamente reaparecieron los círculos hécticos en las mejillas; la lengua tembló, o, mejor dicho, rodó violentamente en la boca (aunque las mandíbulas y los labios siguieron rígidos como antes), y entonces resonó aquella horrenda voz que he tratado ya de describir:
¡Por amor de Dios... pronto... pronto... hágame dormir... o despiérteme... pronto... despiérteme! ¡Le digo que estoy muerto!
Perdí por completo la serenidad y, durante un momento, me quedé sin saber qué hacer. Por fin, intenté calmar otra vez al paciente, pero al fracasar, debido a la total suspensión de la voluntad, cambié el procedimiento y luché con todas mis fuerzas para despertarlo. Pronto me di cuenta de que lo lograría, o, por lo menos, así me lo imaginé; y estoy seguro de que todos los asistentes se hallaban preparados para ver despertar al paciente.
Pero lo que realmente ocurrió fue algo para lo cual ningún ser humano podía estar preparado.
Mientras ejecutaba rápidamente los pases hipnóticos, entre los clamores de: «¡Muerto! ¡Muerto!», que literalmente explotaban desde la lengua y no desde los labios del sufriente, bruscamente todo su cuerpo, en el espacio de un minuto, o aún menos, se encogió, se deshizo… se pudrió entre mis manos. Sobre el lecho, ante todos los presentes, no quedó más que una masa casi líquida de repugnante, de abominable putrefacción.



Edgar Allan Poe (1809-1849)



dilluns, 16 de setembre del 2019

Ninfolepsia - William Faulkner



Conte complet:

 

NOTA: 3/5

 

Ninfolepsia.

Nympholepsy
(1897-1962)


Pronto su sombra se vio descabezada por la cortante línea de la cima de la colina; empujada ante él como si fuera una serpiente, la vio gradualmente convertirse en nada. Al final se quedó sin sombra alguna. Sus pesados e informes zapatos, grises en el camino polvoriento; su mono de trabajo, gris por el polvo: el polvo era como una bendición sobre él y sobre el día de trabajo que dejaba tras él. No recordaba la caída del trigo muerto, y sus músculos habían olvidado las estocadas y el levantamiento de horca y grano, y sus manos habían olvidado la sensación de un mango gastado de madera, suave y dulce al tacto como seda; y había olvidado el abrirse de un pajar y la suerte de danza inmortal de la paja girando en el aire a la luz del sol.
Detrás quedaba un día de faena; ante él, la burda comida y el torpe sueño en cualquier ocasional casa de huéspedes. Y al día siguiente, otra vez el trabajo y otra vez su siniestra sombra rotatoria señalando el paso de un nuevo día. Pronto, breve y bruscamente, la colina llegó a su fin: la cima dejó de ser una línea cortante. Allí estaba el valle en sombras, y la colina opuesta, en dos dimensiones y dorada por el sol. Y en el interior del valle, la ciudad, entre sombras de color lila. Entre sombras de color lila se hallaban los alimentos que comería y el sueño que lo aguardaba; acaso una chica, como música fúnebre y húmeda por el calor y vestida de algodón azul, se cruzaría en su camino fatalmente; y también él, en aquella tierra lunar, sería uno más entre los hombres jóvenes que con su sudor hacen saltar oro del trigo.
Pero allá estaba la ciudad. Por encima de los muros grises había ramas de manzano un día dulces y floridas y hoy todavía verdes; los establos y las casas eran colmenas de donde habían huido las abejas de la luz del sol. Desde allí, el Palacio de justicia era un sueño soñado por Tucídides: uno no llegaba a ver que las pálidas columnas jónicas estaban accidentalmente manchadas de tabaco. Y del taller del herrero llegaba un acompasado tañido de yunque y martillo, como una llamada a vísperas.
Privado de movimiento, su cuerpo sintió la sangre, que se apaciguaba por momentos, sintió la tarde, que fluía y se iba como agua; sus ojos vieron la sombra de la aguja de la iglesia, como un prodigio en medio de aquella tierra. Miró el polvo que se derramaba de sus zapatos invertidos. Sus pies estaban veteados y mugrientos por el polvo; apaciguado, agradeció la humedad placentera y caliente de sus zapatos.
El sol era la boca roja y descendente de un horno; su sombra, que él creía perdida, se agazapaba a sus pies como un perro que trata de esconderse. El sol estaba en los árboles, goteando de hoja en hoja; el sol era como una pequeña llama de plata que se moviera entre los árboles. Oh, era algo vivo, pensó al mirar una luz dorada entre los pinos oscuros: una pequeña llama que, habiendo perdido de algún modo su vela, anduviera buscándola.
Cómo supo a aquella distancia que era una mujer o una chica, no habría podido decirlo, pero lo sabía; y durante un tiempo miró con curiosidad vacía los movimientos sin objeto de la figura. La figura se detuvo, recibió el último fulgor del rojo sol en un plano delgado y dorado que, retornando el movimiento, desapareció.
En el curso de un nítido instante hubo una vieja y aguda belleza detrás de sus ojos. Luego, sus un día limpios instintos, groseros después, lo hicieron ponerse bruscamente en movimiento. Saltó una cerca ante la mirada contemplativa y fija del ganado y corrió torpemente hacia los bosques a través de un campo de maíz recolectado. Viejos y blandos surcos se deslizaban bajo sus zancadas, haciendo que sus rodillas martilleantes entrechocaran, y quebradizos tallos de maíz obstaculizaban su veloz marcha con sensual y estática indiferencia.
Alcanzó los bosques después de saltar otra cerca, y se detuvo un instante y el oeste transmutó alquímicamente el plomizo polvo que lo cubría, dorando las puntas de su barba sin afeitar. Los árboles, los troncos de arces y hayas eran franjas gemelas de oro rojo y de lavanda erguidas en la tierra, y las ramas extendidas conferían al ocaso colores indecibles; eran como manos de avaro derramando a regañadientes monedas doradas de crepúsculo. Los pinos eran mitad hierro, mitad bronce; esculpidos en símbolo de quietud eterna, derramaban también oro sobre la hierba rala, que lo hacía correr de árbol en árbol como fuego que se extiende, para apagarse luego en la sombra de los pinos. Sobre una rama oscilante, un pájaro lo miró brevemente, cantó y se alejó volando.
Ante la verde catedral de árboles se quedó quieto unos instantes, vacío como una oveja, percibiendo cómo el día moribundo se iba del mundo como agua de una bañera o de un cuenco rajado; y oyó al día repetir lentas plegarias en la nave verde. Luego volvió a moverse hacia adelante, lentamente, como si esperara que fuera a surgir ante él un sacerdote para detenerlo y descifrar su alma.
Pero nada sucedió. El día fue lentamente muriendo sin un ruido en torno a él, y la gravedad lo condujo colina abajo entre apacibles sendas de árboles. Pronto lo envolvió la sombra violeta de la colina. No había sol allí, aunque las copas de los árboles seguían siendo como maleza bañada en oro, y los troncos de los árboles de la cima eran como una verja listada más allá de la cual la tarde se consumía lentamente. Y él se detuvo de nuevo, y sintió el miedo.
Recordó fragmentos del día: los tragos de agua fresca de una jarra, mientras otro esperaba su turno, el trigo rompiéndose ante la hoja de la segadora mientras los caballos de tiro hacían fuerza contra la collera, los caballos que soñaban con avena en un establo dulce por el amoníaco y el olor de los arneses sudorosos, los mirlos que sesgaban el aire sobre el trigo como trozos de papel quemado. Pensó en el haz de músculos bajo una camisa azul mojada por el sudor, y en alguien a quien atender o con quien hablar. Siempre alguien, algún otro miembro de su raza, de su género. El hombre puede falsificarlo todo salvo el silencio. Y en aquel silencio conoció el miedo.
Porque había algo que ni siquiera el deseo del cuerpo de una mujer tenía en cuenta. O que, al utilizar tal instinto con el propósito de apartarlo de los caminos de la seguridad, en donde otras gentes de su género comían y dormían, lo había traicionado. «Si la encuentro, estoy a salvo», pensó, sin saber si lo que quería era la cópula o compañía. Allí no había nada para él: las colinas, que descendían en ambos lados, que se aproximaban, que sin embargo se hallaban separadas por un pequeño arroyo. 
El agua discurría parda bajo alisos y sauces, sin luz, y parecía inhóspito y oscura. Como la mano del mundo, como una línea en la palma de la mano del mundo, una arruga insignificante. «¡Sin embargo podía ahogarse en ella!», pensó con terror, mientras miraba revolotear sobre ella a los mosquitos, mientras miraba los árboles calmos e indiferentes como dioses y el remoto cielo, que era como un sedoso paño mortuorio que ocultara su disolución repulsiva.
Había pensado que los árboles eran una cantidad determinada de madera, pero aquéllos tan silenciosos eran más que eso. La madera había servido para hacer casas que lo protegían, la madera había alimentado el fuego que lo calentaba, le había dado calor para cocinar su comida; la madera había servido para hacer barcos que surcaban las aguas de la tierra. Pero no estos árboles. Estos lo miraban fija e impersonalmente, tomándose una venganza lenta. El ocaso era un fuego que ningún combustible había alimentado jamás; el agua emitía un murmullo en un oscuro y siniestro sueño. Ninguna embarcación surcaría estas aguas. Y sobre todo ello se cernía algún dios a cuyas compulsiones él debía responder mucho después aún de que sus más cómodas creencias se hubieran gastado como una prenda de uso diario.
Y ese dios ni lo reconocía ni lo ignoraba: ese dios parecía no tener conciencia de su entidad, salvo para considerarlo un intruso en un lugar donde nada tenía que hacer. Se agachó, sintió la tierra áspera y cálida contra sus rodillas y sus palmas; y, arrodillándose, esperó una brusca y horrenda aniquilación.
Nada sucedió, y abrió los ojos. Por encima de la cumbre de la colina, entre los troncos de los árboles, vio una única estrella. Fue como si allá a lo lejos hubiera visto un hombre. Era algo familiar, algo demasiado remoto para preocuparse por lo que él hiciera. Así que se levantó y, con la estrella a su espalda, empezó a caminar en dirección a la ciudad. Allí estaba el arroyo que había de cruzar. La demora al buscar un vado engendró de nuevo en él el miedo. Pero lo apartó mediante un acto de voluntad, pensando en la comida y en su esperanza de encontrar una mujer.
Apartó de sí aquella sensación de inminente disgusto y cólera de un Ser a quien había ofendido. Pero seguía en torno, suspendida sobre él como unas alas niveladas. Su miedo primero había desaparecido, pero pronto se encontró a sí mismo corriendo. Habría deseado convertir la carrera en paso, siquiera para probarse la firmeza de su integridad integral, pero sus piernas se negaban a detener su carrera. Allí, en el crepúsculo evasivo, había un tronco que hacía de puente en el arroyo. ¡Camina sobre él! ¡Camina sobre él!, le dijo su sentido común. Pero sus piernas le impelieron a tomarlo a la carrera.
La corteza podrida se escurrió bajo sus pies y se desprendió y cayó sobre el oscuro y susurrante arroyo. Fue como si él, aún en la orilla, hubiera resbalado y se debatiera por, mantener el equilibrio mientras maldecía su cuerpo torpe. Vas a morir, dijo a su cuerpo, y volvió a sentir en torno aquella inminente Presencia, una vez que su concentración mental se vio vencida por la gravedad. Durante un fragmento detenido de tiempo sintió, a través de la vista, sin mediación del intelecto el agua oscura a la espera, el tronco engañoso, los troncos de los árboles latiendo y respirando y las ramas como una invocación a un dios oscuro y oculto; luego los árboles y el cielo exaltado de estrellas describieron un arco ante sus ojos. En su caída estaba la muerte, y una risa triste y burlona. Murió una y otra vez, pero su cuerpo se negaba a morir. Entonces lo aprehendió el agua.
Entonces lo aprehendió el agua. Pero era algo más que agua. El agua se deslizó oscuramente entre su cuerpo y el mono de trabajo y la camisa, y él sintió que su pelo se escapaba hacia atrás húmedamente. Pero sintió que un muslo sobresaltado se escurría bajo su mano como una serpiente, sintió una pierna veloz entre oscuras burbujas; y, hundiéndose ya, la punta de un pecho le raspó la espalda. En medio de una conmoción de agua agitada vio la muerte como una mujer ahogada y rutilante y a la espera, vio un cuerpo brillante y atormentado por el agua; y sus pulmones vomitaron agua y tragaron aire húmedo.
Agua turbada golpeaba contra su boca, tratando de entrar en ella, y la luz del día aprisionada bajo el arroyo saltó de nuevo sobre la superficie en forma de ondas. Relucientes planos de luz incidían y quebraban la superficie, y se alejaban de él; y, pisoteando agua, sintiendo los zapatos empapados y el pesado mono de trabajo, sintiendo pegado a la cara el pelo, vio cómo ella, chorreando, ascendía oscilante por la orilla.
El avanzó agitando el agua, persiguiéndola. Nunca parecía alcanzar la orilla opuesta. Sus ropas, pesadamente empapadas, se pegaban a él como sirenas importunas, como mujeres; vio el agua quebrada de su empeño coronada de estrellas. Al fin se vio a la sombra de los sauces, y sintió bajo su mano la tierra húmeda y resbaladiza. Aquí y allá, raíces y ramas. Se incorporó mientras el agua chorreando de la ropa, mientras sentía que la ropa se volvía primero liviana y pesada luego. Sus zapatos avanzaban aplastándose blandamente y su indumentaria anodina y adherida a la piel obstaculizaba pesadamente su carrera. Podía ver cómo su cuerpo, fantasmal en el crepúsculo sin luna, ascendía por la colina. Y él corrió, maldiciendo, con el agua chorreándole del pelo, con el lamento húmedo de ropas y zapatos, maldiciendo su suerte y su destino. Creyó desenvolverse mejor sin los zapatos, y, mientras seguía mirando la apagada llama de la mujer corriendo, se los quitó y prosiguió la marcha en pos de ella. La ropa mojada le pesaba como plomo; jadeaba cuando alcanzó la cima de la colina. Y allí estaba ella, en un campo de trigo, bajo la ascendente luna llena del equinoccio de otoño, como un barco en un mar de plata.
Echó a correr tras ella. El surco de su marcha hacía saltar plata en el trigo, bajo la insensible luna; plata que se alejaba de él en ondas y se apagaba y volvía a ser el oro intocado y sin brillo del grano erguido. Ella estaba ya lejos, y la perturbación de su paso por el trigo se esfumaba siempre antes de que él llegara. Más allá de la onda que el paso de la mujer levantaba en arco a ambos lados, él vio cómo su cuerpo se internaba en una franja boscosa, como la llama de una cerilla; luego ya no la vio más.
Sin dejar de correr, cruzó el trigo dormido sobre la tierra lunar, y se adentró entre los árboles, fatigado ya. Pero ella había desaparecido, y él, en una oleada recurrente de desesperación, se echó a tierra boca abajo. «¡Pero yo la toqué!», pensó sumido en una auténtica agonía de decepción, sintiendo la tierra a través de sus ropas húmedas, sintiendo las pequeñas ramas bajo los brazos y la cara.
La luna seguís ascendiendo, la luna navegaba como un barco cargado y grueso ante un alisio azur, mirándole con rotunda complacencia. Y él se retorció pensando en el cuerpo de ella bajo su cuerpo, en el oscuro bosque, en el ocaso y en el camino polvoriento, que deseó no haber dejado. ¡Pero yo la toqué!, se repitió, tratando de levantar sobre tal certeza una consumación incontrovertible. Sí, su muslo veloz y asustado y la punta de su seno; pero el recordar que ella había huido de él impulsivamente le resultaba más insufrible que nunca. No te hubiera hecho ningún daño, gimió, no te hubiera hecho daño en absoluto.
Sus músculos laxos, vaciados, sintieron un rumor de trabajo pasado y de trabajo futuro, compulsiones de horca y grano. La luna lo apaciguaba, examinando detenidamente su pelo húmedo, experimentando con sombras; y él, al pensar en el día siguiente, se levantó. Aquella perturbadora Presencia se había alejado, y la oscuridad y las sombras ya sólo se mofaban de él. La luz de la luna se deslizó a lo largo de una cerca de alambre, y él supo que allí estaba el camino.
Sintió cómo a su paso se agitaba el polvo, vio el maíz de plata en los campos, los árboles oscuros como tinta derramada. Pensó en cómo había sido ella cual movedizo mercurio, en cómo había huido de él cual moneda echada al aire; pero pronto se hicieron visibles las luces de la ciudad; el reloj del Palacio de justicia y una luminosidad sugerente de calles; era, pese a su pequeñez, como una tierra encantada. Pronto quedó en el olvido la mujer, y él pensó sólo en un cuerpo relajado en una cama triste, y en el despertar y en el hambre y en el trabajo.
El largo y monótono camino se extendía ante él bajo la luna. Ahora su sombra iba a su espalda, como un perro tras su amo, y más allá de ella quedaba un día de sudor y de trabajo. Y ante él esperaba el sueño y la ocasional comida y otra vez el trabajo; y acaso una chica, cual fúnebre música, vestida de calicó frente al calor. Al día siguiente su sombra siniestra volvería a describir un círculo en torno a él, pero el día siguiente quedaba aún muy lejos.
La luna navegaba cada vez más alto: pronto se deslizaría por la colina del cielo, recuperando con creces la plata que hubo prestado a árbol y trigo y colina y ondulada y monótona tierra fecunda. Abajo, un establo tomó un perfil de plata de la luna, un silo se convirtió en un sueño soñado en Grecia, los manzanos lanzaron plata como fontanas gesticulantes. La ciudad, planos de luz de luna; las luces del Palacio de justicia, fútiles ante la luna.
Tras él, trabajo; ante él, trabajo; en torno, todas las viejas desesperanzas del aliento y del tiempo. Las estrellas eran como flores hechas añicos que flotaban en agua oscura y que engullían el oeste; el polvo seguía pegado a sus pies aún húmedos, y descendió lentamente por la colina.


divendres, 13 de setembre del 2019

La alucinación de Staley Fleming - Ambrose Bierce



Un conte terrorífic on es barreja la vigília i la son. On la culpa adopta la forma d’un enorme gos que amb els seus actes desentranya un crim.

NOTA 5/5



La alucinación de Staley Fleming.
Staley Fleming's Hallucination,
(1842-1914)

De los dos sujetos que estaban conversando, uno era médico.
Le solicité que viniera, doctor, aunque no creo que pueda hacer nada. Quizás pueda recomendarme un especialista en psicopatía. Creo que estoy loco.
-Sin embargo parece usted perfectamente cuerdo —contestó el médico.
Tengo alucinaciones, doctor. Todas las noches me despierto y veo en la habitación, mirándome fijamente, un enorme perro negro, un Terranova, con una pata delantera de color blanco.
Dice usted que despierta; ¿está seguro? Muchas veces las alucinaciones son sólo sueños.
Despierto, doctor, de eso estoy seguro. A veces me quedo acostado mucho tiempo mirando al perro tan fijamente como él me mira a mí. Siempre dejo la luz encendida. Cuando no puedo soportarlo, me siento en la cama: entonces descubro que en realidad no hay nada la habitación.
Curioso. ¿Qué expresión tiene el animal?
Siniestra, o eso es lo que parece. Evidentemente sé que, salvo en el arte, el rostro de un animal en reposo tiene siempre la misma expresión. Pero este animal no es real. Los perros de Terranova tienen un aspecto muy amigable, como usted sabrá; ¿qué le pasará a éste?
Realmente mi diagnóstico no tendría valor alguno: no voy a tratar al perro.
El médico se rio de su propia broma, pero sin dejar de observar al paciente con el rabillo del ojo. Después, dijo:
La descripción que me ha dado del animal concuerda con la del perro del fallecido Atwell Barton.
Fleming se incorporó a medias en su asiento, pero volvió a sentarse e hizo un visible intento de mostrarse indiferente.
Me acuerdo de Barton —dijo—. Creo que era… se informó que… ¿no hubo algo sospechoso en su muerte?
Mirando ahora directamente a los ojos de su paciente, el médico respondió:
Hace tres años, el cuerpo de su viejo enemigo, Atwell Barton, se encontró en el bosque, cerca de su casa y también de la de usted. Fue acuchillado. No hubo detenciones porque no se encontró ninguna pista. Algunos teníamos nuestra propia teoría. Al menos yo tenía la mía. ¿Pensó usted alguna?
¿Yo? Por Dios, ¿qué podía saber yo al respecto? Recordará que marché a Europa casi inmediatamente después, y volví mucho más tarde. No puede pensar que en las escasas semanas que han transcurrido desde mi regreso pudiera elaborar una teoría. En realidad, ni siquiera había pensado en el asunto. ¿Pero qué pasó con su perro?
Fue el primero en encontrar el cuerpo. Murió de hambre sobre su tumba.
Desconocemos la ley inexorable que subyace bajo las coincidencias. Staley Fleming no, o quizás no se habría puesto de pie de un salto cuando el viento de la noche trajo por la ventana abierta el aullido prolongado y lastimero de un perro.
Recorrió varias veces la habitación bajo la mirada fija del médico, hasta que, parándose abruptamente delante de él, casi le gritó:
¿Qué tiene que ver todo esto con mi problema, doctor Halderman? Se ha olvidado del motivo por el que lo hice venir.
El médico se levantó, puso una mano sobre el brazo del paciente y le dijo con amabilidad:
Perdóneme. De buenas a primeras no podría diagnosticar su trastorno. Quizás mañana. Hágame el favor de acostarse dejando la puerta sin cerrar; yo pasaré la noche aquí, con sus libros. ¿Podrá llamarme sin levantarse de la cama?
Sí, hay un timbre eléctrico.
Perfecto. Si algo le inquieta, pulse el botón, pero sin incorporarse. Buenas noches.
Instalado cómodamente en un sillón, el médico se quedó mirando los carbones encendidos en la chimenea y meditando en profundidad, aunque aparentemente sin propósito, pues frecuentemente se levantaba y abría la puerta que daba a la escalera, escuchaba atentamente y después volvía a sentarse.
No obstante, acabó por quedarse dormido. Al despertar había pasado ya la medianoche. Removió las brasas, tomó un libro de la mesa que tenía a su lado y miró el título: Meditaciones, de Denneker. Lo abrió al azar y empezó a leer.
Esto fue ordenado por Dios: que toda carne tenga espíritu y adopte por tanto las facultades espirituales. También el espíritu tiene los poderes de la carne, aunque se salga de ésta y viva como algo independiente, como atestiguan muchos hechos atribuidos a los fantasmas y espíritus de los muertos. Hay quien dice que el hombre no es el único en esto, pues también los animales tienen la misma inducción maligna.
Una súbita conmoción interrumpió su lectura, como si un objeto pesado hubiera caído en algún lugar de la casa.
El médico soltó el libro, salió corriendo de la habitación y subió velozmente las escaleras que conducían al dormitorio del paciente. Intentó abrir la puerta pero, contrariando sus instrucciones, estaba cerrada por dentro. Empujó con el hombro con tal fuerza que ésta cedió. En el suelo, junto a la cama en desorden, vestido con su camisón, yacía Staley Fleming, moribundo.
El médico levantó la cabeza de éste del suelo y observó una herida en la garganta.
Debería haber pensado en esto —dijo, suponiendo que se había suicidado.
Cuando el hombre murió, el examen detallado reveló las señales inequívocas de unos colmillos profundamente hundidos en la vena yugular. No se hallaron otras evidencias de un animal en el cuarto.

Qui és Lymus

¿Quién soy?

 Napoleón es un cuento. Según como se mi re , un cuento pue de ser la vida de cualquier ser humano. Solo hay q ue  querer con tarla . ...